El edificio de Usos Múltiples II de la Villa de Ingenio volvió a abrir sus puertas este viernes 17 de abril tras una reforma integral que ha costado 552.000 euros —sobre un presupuesto inicial de 600.000— y que paga, hasta el último céntimo, el Cabildo de Gran Canaria con cargo al Fondo de Desarrollo de Canarias (FDCAN) de la anualidad 2024, canalizado a través de la Consejería de Cooperación Institucional y Solidaridad Internacional. Obra pública de manual, sin copago municipal, para un inmueble de 1.300 metros cuadrados construidos que, una vez desempolvado, seguirá haciendo lo que ya hacía, solo que mejor.
Y lo que hace, conviene recordarlo antes de que se nos olvide por el camino, no es poca cosa: en el sótano descansa el archivo intermedio municipal —ese depósito documental donde, en los pueblos que se respetan, se guarda la memoria administrativa del común—; en la planta baja se ha habilitado una sala de estudio provisional y un espacio polivalente para colectivos del municipio; y las plantas superiores las ocupan los Servicios Sociales, con despachos insonorizados y zonas adaptadas para menores. Archivo, estudiantes y servicios sociales bajo el mismo techo. Difícil imaginar un triángulo más elocuente de lo que debe ser un edificio municipal.
La intervención, según explicó el arquitecto municipal, Lucrecio Gil Sánchez, se ha articulado sobre cuatro ejes: accesibilidad —pasillos, escaleras, salidas y barandillas puestos por fin a la altura de lo que manda la normativa vigente, y no la de ahora mismo, sino la que lleva años exigiéndose—; seguridad, con la mejora de las condiciones de evacuación; funcionalidad, con una reorganización de los espacios interiores; y eficiencia energética, con renovación de instalaciones eléctricas, fontanería, climatización, sistemas contra incendios e instalación fotovoltaica. Se ha rehecho además la impermeabilización de la cubierta y atajado los problemas de humedades, que es, traducido al castellano de puerto, que al edificio ya no se le meten las aguas por donde no deben.
La alcaldesa, Vanesa Martín, defendió que la obra ha servido para «modernizar este inmueble, convirtiéndolo en un espacio más funcional, accesible y eficiente», aunque se cuidó de recordar que «lo verdaderamente importante es el impacto que tendrá en la vida de las personas». La frase, que en boca de cualquier político suena a muletilla, cobra otro tamaño cuando uno cae en la cuenta de quién entrará por esa puerta a partir de ahora: familias citadas en Servicios Sociales, chavales buscando un enchufe y una mesa para preparar un examen, vecinos que necesiten consultar un papel viejo del Ayuntamiento. Nada de cóctel ni cortacinta para la foto: la foto, si hay que hacerla, es esa.
El presidente del Cabildo, Antonio Morales, celebró por su parte los avances «en funcionalidad, estética y, especialmente en sostenibilidad, avanzando en el autoconsumo». La placa fotovoltaica, en este caso, no es un adorno verde para el folleto: en una isla donde el recibo de la luz sigue siendo un asunto delicado para muchos bolsillos, cada edificio público que empieza a generar lo suyo es una buena noticia.
Quedan cosas por saber —qué empresa ha ejecutado la obra, por ejemplo, dato que la nota municipal no recoge— y quedará por comprobar, dentro de unos meses, si lo renovado aguanta el primer invierno sin que vuelvan las humedades ni se atasque el ascensor. Pero, qué quieren que les diga, ver un edificio de barrio que reabre con el archivo abajo, los estudiantes en medio y los servicios sociales arriba, pagado con dinero público y sin que nadie salga en la foto vendiendo la moto, no es algo que ocurra todos los días en esta isla. Anótenlo en la agenda: 17 de abril de 2026, Villa de Ingenio.