La cita que tantas veces se repite a propósito de Galdós —aquella convicción de que «la patria es el lugar donde se sufre» y, al tiempo, donde se aprende a mirar al océano sin nostalgia— encontró ayer un eco inesperado en el escenario del Teatro Guiniguada. Allí, en la cuarta edición del Encuentro Canarias Sostenible, el Gobierno autonómico situó la cultura y la identidad insular en el centro del modelo de desarrollo, en una jornada que prefirió la conversación a la consigna y la genealogía a la efeméride.
La consejera de Universidades, Ciencia e Innovación y Cultura, Migdalia Machín, abrió el acto recordando que «Canarias tiene una identidad profundamente vinculada a su territorio, a su diversidad y a su condición atlántica». La frase, aparentemente protocolaria, contiene un programa: pensar el archipiélago no como objeto a proteger —museo etnográfico, postal turística— sino como sujeto activo de su propio desarrollo. No sé si me explico: lo que se propuso ayer en el Guiniguada fue una inversión de perspectiva que la crítica cultural canaria viene reclamando, al menos, desde los ensayos insulares de la Generación del 27.
El viceconsejero del Gabinete del Presidente, Octavio Caraballo, complementó la tesis con una formulación que conviene anotar: «Canarias ha construido una identidad como consecuencia de factores que se superponen». Caraballo subrayó que esa identidad es «compatible con la diversidad» y que no exige homogeneización para producir cohesión, una idea que adquiere especial relevancia en un tiempo de polarización social en el que la palabra identidad se ha convertido —demasiadas veces— en arma arrojadiza. Cultura, parece sugerir el viceconsejero, contra trinchera.
Dos mesas, una genealogía
El encuentro se articuló en torno a dos mesas redondas. La primera, dedicada a la cultura como motor del desarrollo sostenible, reunió a Ancor Suárez (Fundación Canaria Proyecto Comunitario), Daniel Pérez (Sociedad Científica El Museo Canario), Martín Padrón (Centro Coreográfico La Gomera), Alicia Morales (Universidad de La Laguna) y a la Asociación Cultura Raíz del Pueblo, de La Oliva. La nómina, deliberadamente plural, hilvana academia, danza, sociedad científica y asociacionismo de base: cuatro velocidades distintas para un mismo tejido.
La segunda mesa, centrada en la identidad canaria y la influencia artística, congregó a la coreógrafa y bailarina Paula Quintana, al músico Yul Ballesteros, al docente Luis Cabrera y a Francisco Mireles, en representación del Cabildo de Gran Canaria. Aquí la conversación se desplazó al terreno —siempre resbaladizo— de cómo se transmite, se reformula y se traiciona, en el mejor sentido, una herencia.
Félix Morales y la partitura insular
El momento de mayor densidad expositiva llegó con la intervención del musicólogo Félix Morales, que ofreció un análisis del tejido musical canario en los siglos XX y XXI. Recorrer esa partitura —del nacionalismo musical de Teobaldo Power al jazz contemporáneo, pasando por la tradición de timple, isa y folía— equivale a leer en clave sonora el mismo debate que las mesas habían planteado en clave conceptual: cómo una tradición se mantiene viva cuando se permite contaminar.
La jornada se completó con el taller «Escribir el territorio», conducido por la periodista y escritora Nayra Bajo de Vera, en una de esas iniciativas que recuerdan que el paisaje canario no existe del todo hasta que alguien lo escribe.
Queda, al cierre, una intuición: el Encuentro Canarias Sostenible parece haber abandonado por fin la retórica del «hecho diferencial» entendido como blindaje para abrazar otra, más exigente y más fértil, que entiende la cultura como infraestructura. Si la próxima edición consigue traducir esas declaraciones en política presupuestaria —y no únicamente en jornadas—, habremos avanzado. Si no, tendremos otra fotografía bien iluminada en el Guiniguada.
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