En la Sala de Cámara del Auditorio de Tenerife se celebró el pasado 31 de mayo un acto que, sin estridencias ni grandes focos mediáticos, dice mucho de cómo se construye un tejido cultural duradero: la entrega de diplomas a los 131 alumnos que han completado el curso 2025-2026 de las Escuelas de Teatro del Cabildo de Tenerife. Ciento treinta y una personas, de los siete a los setenta y ocho años, recibieron el documento que acredita un año de trabajo escénico en una red insular que, desde su nacimiento en 2002, ha acumulado más de 9.500 inscritos. La cifra, lejos de ser un dato administrativo, dibuja un mapa: el teatro como lengua común de varias generaciones de tinerfeños.
Quince grupos repartidos en diez municipios —Adeje, Arona, El Rosario, El Sauzal, Fasnia, Granadilla, Guía de Isora, La Laguna, La Orotava y Tegueste— sostienen el programa. La coordinación corre a cargo de Martha Quiñones, con cuatro profesores en el aula: Miguel Ángel Batista, Francisco Gómez, José Rodríguez y Víctor Torres. No es un detalle menor. La continuidad pedagógica —el programa ha funcionado de manera ininterrumpida desde 2002, con la sola excepción del paréntesis pandémico— es lo que permite hablar, con propiedad, de una escuela y no de una sucesión de talleres bienintencionados. Y la continuidad, en cultura pública, suele ser la variable más escasa.
El consejero insular de Cultura, José Carlos Acha, recordó en la clausura que el alumnado de estas escuelas «constituye una parte importante de la cultura que se hace en la isla», y subrayó que este tipo de iniciativas requieren colaboración interinstitucional, agradeciendo «la implicación de los diferentes ayuntamientos». El acto contó también con la presencia de Francisco Linares, alcalde de La Orotava. La fórmula —Cabildo más ayuntamientos, repartiendo costes y responsabilidades a lo largo del territorio— es la única que explica que un niño de siete años de Fasnia y una jubilada de setenta y ocho de Tegueste puedan compartir programa, vocabulario escénico y, llegado el día, escenario.
Me atrevo a afirmar que aquí reside el valor menos evidente de la iniciativa: no se trata de fabricar actores profesionales, sino de algo más antiguo y más necesario, que es ensanchar el público y dignificar la afición. El teatro de aficionados, tan maltratado por cierto esnobismo crítico, ha sido históricamente la cantera silenciosa de los teatros estables. Sin esa base intergeneracional —pongo por caso lo que en su día significaron los grupos de cámara en la Canarias de posguerra, donde aprendieron oficio nombres que luego firmarían carteleras profesionales— las grandes salas se quedan sin lectores de la escena, que es como quedarse sin oído. Sebald escribió en alguna parte que las comunidades se reconocen en sus rituales menores: la entrega de diplomas en la Sala de Cámara, en ese sentido, es bastante más que una foto.
Queda la pregunta, abierta, de hacia dónde puede crecer una red que ya roza las dos décadas y media de actividad. No sé si me explico: una cosa es mantener el programa —mérito incontestable— y otra, distinta y más exigente, es pensarlo de nuevo a la luz de lo que el teatro contemporáneo está pidiendo a sus públicos. Mientras tanto, conviene anotar el dato y celebrarlo sin énfasis: 131 diplomas, diez municipios, cuatro profesores, una coordinadora, veinticuatro cursos y la terca convicción de que la cultura, también la insular, se hace despacio.
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