Son las nueve de la mañana en la costa de Adeje y el agua deja al descubierto la roca volcánica tapizada de erizos negros. Arbacia lixula, el erizo de púas oscuras que cualquier bañista del sur ha esquivado alguna vez, lleva décadas dando trabajo a biólogos y disgustos a bañistas a partes iguales. Ahora, además, acaba de colocar a la Universidad de La Laguna en el centro de un hallazgo que la revista PLoS Biology publica este mes y que la comunidad científica considera una primera mundial: un animal capaz de heredar componentes de un alga.
El trabajo está coliderado por el grupo del investigador José Carlos Hernández (ULL) y firmado, en su parte experimental, por el doctorando Andrés Rufino Navarro. La fase de laboratorio se ha desarrollado íntegramente en La Laguna, con la colaboración de la Universidad de Kiel (Alemania) y la Universidad de California en San Diego. La conclusión, en cristiano: las hembras de Arbacia lixula incorporan en sus huevos cristales de carotenoides procedentes de cromoplastos —los orgánulos pigmentarios— de algas diatomeas que ingieren. Es la primera evidencia documentada de ADN de plastidios alojado en células germinales animales.
Los números lo dicen claro: las larvas que arrastran esa herencia algal sobreviven un 50% más que las que no la tienen y se desarrollan más rápido bajo condiciones de luz. Para una especie cuyo éxito reproductivo se juega en las primeras horas de vida larvaria —flotando a merced de la corriente del Atlántico—, ese diferencial no es un matiz: es la diferencia entre colonizar una costa o desaparecer en ella.
Por qué importa más allá del laboratorio
El hallazgo entra en un terreno que, hasta ahora, parecía clausurado. La biología había asumido que el material genético de los plastidios —orgánulos típicos de plantas y algas— quedaba fuera del juego en el reino animal. Que aparezca en los huevos de un erizo de mar, y que además mejore su supervivencia, obliga a reescribir un capítulo del manual. La investigación documenta, además, efectos metabólicos asociados: alteraciones en el metabolismo de las grasas e incremento de fitohormonas en las larvas que portan estos componentes.
Para Canarias, el dato territorial es relevante. Arbacia lixula está repartida por buena parte del Atlántico, desde el sur de Europa y el Mediterráneo hasta Macaronesia y la costa americana. Esa distribución, hasta hoy, se atribuía sobre todo a las corrientes y a la duración del estadio larvario. El estudio sugiere otra pieza del puzzle: una ventaja heredada que aumenta la probabilidad de que la larva llegue viva al otro lado. El Archipiélago, situado en la encrucijada de la corriente, queda en un punto privilegiado para entender ese tránsito.
La ULL en un mapa que normalmente se dibuja fuera
Que la fase experimental se haya hecho en La Laguna no es anecdótico. La ciencia marina de impacto global suele llevar firma de Kiel, Plymouth, Scripps o Woods Hole. Esta vez, el grupo alemán y el californiano figuran como colaboradores; el laboratorio donde se hizo el trabajo de cromatografía y embriología está en Anchieta. Para una universidad que pelea año a año por consolidar líneas punteras en el área marina, una portada en PLoS Biology es munición presupuestaria, además de prestigio.
Queda por ver qué hace el sistema canario con un hallazgo así. La investigación abre derivadas evidentes —acuicultura, ecología de invasiones marinas, adaptación al cambio climático— y, sobre todo, plantea una pregunta incómoda: si Arbacia puede heredar componentes de un alga, ¿cuántos otros animales marinos lo hacen sin que nadie haya mirado todavía? La respuesta no la tendremos este verano. Pero, por una vez, la pregunta se formula desde Tenerife.
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