El viento de Levante que barre el litoral de Puerto del Rosario vuelve a empujar a la gente hacia la orilla. Con esa imagen, tan majorera como la propia cabra, el Ayuntamiento capitalino ha activado esta semana el nuevo contrato de socorrismo en sus playas, un servicio que se estrena con más meses de cobertura y con medios técnicos y humanos reforzados respecto al anterior.
El acta de inicio se firmó el pasado jueves 16 de abril y el dispositivo echó a andar al día siguiente, viernes 17, en las arenas que administra el consistorio majorero. La adjudicación recae en la empresa PRO-ACTIVA SERVEIS AQUÀTICS S.L., que será la encargada de desplegar en el litoral capitalino a los socorristas y el material previsto en el nuevo pliego.
La principal novedad del contrato afecta a dos arenales con perfiles muy distintos. En Playa Blanca —la urbana, la del paseo de la capital, que no debe confundirse con la homónima yaicera de Lanzarote— se amplía el periodo de vigilancia. Y en Los Molinos, ese rincón de aguas bravas en la costa norte del municipio que los majoreros usan como refugio los fines de semana, la cobertura se duplica: pasa de cuatro a ocho meses al año. Es probablemente el cambio más significativo, porque afecta a una cala que concentra incidentes precisamente cuando no hay temporada turística declarada pero sí bañistas locales jugándose el tipo con el mar de fondo.
El alcalde David de Vera enmarcó la puesta en marcha del servicio en el terreno de la protección y la responsabilidad pública, y defendió que un dispositivo de socorrismo no es un adorno estacional sino una obligación esencial del municipio. La concejala del área, Toñi Fernández Aragón, subrayó que el nuevo contrato no se limita a estirar el calendario de vigilancia, sino que introduce mejoras en los medios que acompañan al personal en la arena. El Ayuntamiento no ha detallado en la nota oficial el importe exacto de la adjudicación ni el número de efectivos que se desplegarán por playa.
La ampliación llega en un momento en que las costas majoreras reciben flujos cada vez menos acotados a los meses de verano. La climatología benigna del invierno majorero —ese invierno que en otras latitudes del Estado es simplemente primavera adelantada— convierte playas como Los Molinos en destino de bañistas locales durante medio año. Que el Ayuntamiento reconozca esa realidad con meses de vigilancia efectivos, y no solo con carteles de advertencia, es una lectura correcta del territorio que pisa.
Queda por ver, eso sí, cómo se traduce sobre el terreno el compromiso de «mejores medios». El litoral de Puerto del Rosario combina tramos urbanos cómodos, como el frente de la capital, con calas abiertas al océano donde las corrientes no perdonan. Una cosa es vigilar un arenal apacible con bandera verde y otra muy distinta estar preparado para un rescate en roca, con oleaje y viento en contra. El pliego deberá demostrar, ya en el primer fin de semana fuerte, que los recursos adaptados a cada zona —como ha explicado el Ayuntamiento— no son una fórmula administrativa sino un dispositivo real.
Fuerteventura lleva años reclamando que la seguridad en sus playas deje de depender del azar del calendario. La isla majorera, con su franja de arena infinita, ha pagado el precio de presentarse hacia fuera como un paraíso sin aristas cuando su mar, en realidad, exige respeto. El nuevo contrato de Puerto del Rosario es un paso municipal, pequeño en su alcance —solo cubre una parte del litoral insular—, pero significativo en lo que implica: asumir que vigilar las playas ocho meses al año ya no es un lujo, sino lo mínimo que puede pedir quien vive, y quien visita, esta costa.



