Hay obras que viajan más lejos cuanto más hondo cavan en su tierra: La Lucha, el largometraje del cineasta canario José Alayón rodado íntegramente en Fuerteventura, parece ilustrar la paradoja con una elocuencia que sorprende incluso a quien sigue de cerca el cine que se hace en el archipiélago. La cinta acaba de regresar del 27º Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires (BAFICI) con tres galardones bajo el brazo —Premio Especial del Jurado de la competición internacional, Mejor Dirección de Arte y el Premio Signis— a los que se suman, en el reciente Festival de Cine de Las Palmas, el Premio Richard Leacock y el Premio CIMA, este último para la montadora Emma Tusell. La cuenta asciende ya a una docena de distinciones, cifra que convierte al filme en uno de los rodados en la isla majorera con mayor reconocimiento internacional de su historia.
El recorrido, que arrancó en septiembre de 2025 con su estreno mundial en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián, ha trazado en pocos meses un mapa envidiable: Tesalónica, Vancouver, Burdeos, Alice nella Città (Roma), la Mostra de São Paulo —donde recibió la Mención de Honor del Jurado—, Cinespaña de Toulouse —que premió su banda sonora—, el Efebo d’Oro de Palermo —Mejor Película y Premio del Jurado Joven— y Punta del Este, donde se llevó la Mejor Dirección en la Competencia Iberoamericana y la Mejor Película según la asociación crítica ACCU. No sé si me explico: estamos ante un itinerario festivalero que muy pocas películas españolas, y desde luego ninguna rodada en Fuerteventura, han recorrido en tan breve plazo.
La materia prima del filme explica buena parte del fenómeno. Alayón ha elegido como núcleo dramático la lucha canaria, deporte vernáculo cuyas raíces hunden la pala en el sustrato aborigen y que sobrevive, terral mediante, como una de las pocas marcas identitarias del archipiélago que el turismo no ha conseguido aún domesticar. El director ha optado por levantar el reparto principal con luchadores reales seleccionados mediante casting y por incorporar a más de trescientos figurantes locales, decisión que añade a la cinta esa textura documental, casi etnográfica, que tantos festivales agradecen y que conecta con una tradición canaria —de Pino Ojeda a David Pantaleón— atenta a la dignidad de lo propio sin caer en folclorismo de postal.
Conviene no pasar por alto, en este punto, el ángulo tinerfeño del proyecto: junto a las productoras El Viaje Films y Macaronesia Films, el filme ha contado con la coproducción del Cabildo de Tenerife y el respaldo del Gobierno de Canarias, Promotur y Televisión Canaria, además de los apoyos europeos de MEDIA y los nacionales del ICAA e Ibermedia. La fotografía de financiación, en suma, dibuja una operación insular en sentido amplio —majorera en el plano, tinerfeña en parte de la trastienda— que ilustra hasta qué punto el cine canario contemporáneo solo se sostiene en estructuras de cooperación interinsular y multinivel.
Desde la institución majorera se ha subrayado el rédito identitario del logro. La consejera responsable de la Fuerteventura Film Commission resumía la doble dimensión del éxito al señalar que la cinta supone «un doble orgullo: promocionamos paisajes y cultura e identidad majorera». El argumento, esta vez, no es retórico: cuesta imaginar mejor embajada para la isla que un largometraje aplaudido en festivales de Europa y América y construido sobre la épica de la brega, ese cuerpo a cuerpo en arena que sigue convocando a generaciones enteras los fines de semana en los terreros del archipiélago.
Queda por delante el último tramo del recorrido festivalero y, sobre todo, la prueba más exigente: la del estreno comercial en salas y la conversación crítica que vendrá con él. Si La Lucha logra trasladar al público general la intensidad que ha conmovido a los jurados, habremos asistido a algo más que a un éxito de etiqueta cinematográfica; habremos asistido, quizá, a la confirmación de que la cultura propia, contada con verdad y mirada larga, sigue siendo nuestro mejor pasaporte.
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