Cultura

MUECA 2026 estrena mochilas vibratorias, lengua de signos y Punto Naranja en Puerto de la Cruz

El MUECA 2026 de Puerto de la Cruz despliega del 7 al 10 de mayo su festival más accesible: mochilas vibratorias, lengua de signos y Punto Naranja.

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Hay festivales que se miden por el cartel y otros que, sin renunciar al cartel, se miden por algo más difícil: por quién puede entrar. El MUECA de Puerto de la Cruz, que del jueves 7 al domingo 10 de mayo despliega su Festival Internacional de Arte en la Calle, ha decidido este año asumir esa segunda vara, la incómoda, la que obliga a pensar el espectáculo desde el espectador y no desde el escenario. Lo hace, además, sin ruido ni proclama: con dispositivos.

La programación —105 funciones, en su práctica totalidad gratuitas, salvo cinco montajes con entrada simbólica de dos euros a través de tomaticket.es— se acompaña este año del que el propio festival describe como su despliegue de accesibilidad más ambicioso. La frase oficial habla de eliminar «barreras físicas, sensoriales y cognitivas», una tríada que en boca de muchas instituciones culturales suele quedar en folleto: aquí, sin embargo, se concreta en un catálogo de herramientas que merece la pena enumerar, porque cada una corrige una exclusión distinta.

Las mochilas vibratorias —dispositivos que traducen el sonido en vibración táctil sobre el cuerpo del usuario— permiten que el público con discapacidad auditiva no asista al espectáculo, sino que lo sienta: la música y la voz dejan de ser un acontecimiento para los demás y pasan a ocurrir, literalmente, en la espalda y en el pecho del espectador. El bucle magnético, complementario, mejora la escucha de quienes utilizan audífonos. Siete de los espectáculos cuentan con interpretación en lengua de signos, y a ellos se suma un taller de danza signada, ese terreno fronterizo donde el gesto deja de ser ilustración del idioma para convertirse en idioma propio.

A esto se añade la señalética cognitiva —pictogramas pensados para facilitar la orientación de personas con discapacidad intelectual, autismo o cualquier dificultad de procesamiento—, los espacios reservados para personas con movilidad reducida y un material audiovisual que llega subtitulado y signado. El centro neurálgico del operativo es el llamado Punto Naranja, ubicado en la Casa de la Aduana: un espacio físico de información y acompañamiento especializado al que el visitante puede acudir para resolver dudas, pedir asistencia o, simplemente, encontrar un lugar de calma dentro del bullicio del festival. No sé si me explico: lo que en otros sitios sería un mostrador, aquí se entiende como dramaturgia complementaria del propio festival.

Conviene subrayar el dato económico, no como contabilidad, sino como gesto: la práctica totalidad de la programación es gratuita, y los pocos espectáculos con entrada cuestan dos euros. Es consecuencia coherente del propio MUECA, una marca que desde su nacimiento entendió la calle como sala única posible. Si la calle es la sala, la entrada es la ciudadanía: cualquier filtro económico, sensorial o cognitivo se vuelve, de inmediato, una contradicción de origen. El festival lo ha entendido y obra en consecuencia.

La iniciativa cuenta con el respaldo del Ayuntamiento de Puerto de la Cruz, el Cabildo de Tenerife, el Gobierno de Canarias y el INAEM, dependiente del Ministerio de Cultura, además de organismos internacionales. La concurrencia de las tres administraciones —local, insular y autonómica— y del Estado conviene recordarla precisamente cuando la financiación pública de la cultura vuelve, cíclicamente, al banquillo: el MUECA ofrece esta semana un argumento práctico frente a los partidarios de adelgazar la cultura subvencionada. La accesibilidad es cara, no es rentable en términos de taquilla y, sin embargo, es exactamente aquello que el mercado por sí solo no produce. Para eso —y no para otra cosa— existen los presupuestos públicos.

Queda por ver si el resto del circuito festivalero del Archipiélago, desde el Festival de Música de Canarias hasta los grandes ciclos de teatro insulares, toma nota del modelo portuense. Hay tradición de la que aprender: el MUECA lleva años haciendo de la calle de Puerto de la Cruz un laboratorio escénico de primer orden. Pero esta edición de 2026 incorpora algo más interesante que un cartel: incorpora una pregunta. La pregunta es quién falta cuando aplaudimos. Y, esta vez, alguien se ha tomado la molestia de responderla.


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Héctor Brito Caballero

Nací en Las Palmas de Gran Canaria en 1975. Soy crítico cultural desde hace un cuarto de siglo. Doctor en Literatura por la ULPGC, dedica su escritura a tender puentes entre la tradición canaria y la cultura universal.

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